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Si un plato o un vaso caen al piso sientes un estruendo. Lo mismo sucede si una ventana se cierra con el viento, si se rompe la pata de una mesa o si un cuadro se desprende de la pared. Pero el corazón, cuando se rompe, lo hace en absoluto silencio. Dada su importancia, pensarías que haga uno de los ruidos más fuertes del mundo, o que hasta produzca una especie de sonido ceremonioso, como el tintinear de una campana. En cambio es silencioso, y tú llegas a desear un sonido que te distraiga del dolor. Si rumor hay, es interno. Un grito que ninguno aparte tú puede escuchar. Un estruendo tan fuerte que los oídos zumban y duele la cabeza. Se retuerce en el pecho como un gran tiburón blanco atrapado en el mar; ruge como la mamá oso a la que le raptaron el cachorro. Esto es lo que parece y este es el ruido que hace. En una enorme bestia atrapada que se agita por el pánico; y grita como un prisionero delante a sus propios sentimientos. El amor es así… nadie está a salvo. Es salvaje, inflamado como una herida abierta y expuesta al agua salada del mar; pero cuando se rompe el corazón no hace rumor. Ti encuentras gritando por dentro y nadie te escucha”. Si tú me vieras ahora – Cecilia Ahern
Desde el punto de vista teórico y científico, el final de un amor se puede abordar desde los mismos principios de la separación, del luto. El primer estudioso que se ocupó de las experiencias de separación o luto es John Bowlby, quien recoge en forma sistemática las reacciones de angustia presentadas por una niña de tan solo dos años, internada en un hospital, sin la posibilidad de tener cerca a la madre. Extendiendo a otros casos los resultados de la investigación efectuada, Bowlby se da cuenta de la analogía entre el comportamiento observado en la niña hospitalizada, con aquel presentado por otros niños y por macacos separados de sus madres, por personas que quedaron viudas y, en general, por adultos que han sufrido una separación o un divorcio doloroso de sus parejas. Se podría hablar de un verdadero patrón universal, articulado en tres fases que se suceden: protesta, desesperación y desapego. La primera fase, es decir aquella de la protesta , se caracteriza por reacciones desordenadas como llanto, gritos, agitación, ansia, pánico. La persona abandonada inconscientemente reacciona en este modo, con el fin de influenciar el regreso de la persona que se fue. Durante la segunda fase, aquella de desesperación , a los comportamientos de hiperactividad y de protesta activa, se sobreponen otros de total inactividad, astenia, depresión. Ulteriormente aparecen alteraciones fisiológicas, como disturbios del sueño, diarrea, cambios en el comportamiento alimenticio, aceleración del ritmo cardíaco. A la desilusión debida al fracaso de los comportamientos de la primera fase, que no sirvieron para hacer regresar la persona que desapareció o se fue, se sobrepone un período de pasiva desesperación, generada por la consciencia de la imposibilidad del regreso. La tercera fase es la del desapego . La persona abandonada, después de un determinado lapso temporal, se desprende a su vez afectivamente y emotivamente de la persona perdida, reorganizándose a nivel emotivo y recomenzando las actividades normales que caracterizaban su vida antes de la pérdida. Más allá de las tres fases apenas mencionadas, en el final de un amor que nos ha involucrado profundamente, se siente un sufrimiento indescriptible, se piensa que no se puede continuar viviendo, se siente tristeza, desilusión, angustia, sentimientos de culpa y de fracaso. Es fuerte la obsesión que se siente, como está descrita en el texto inicial. Más aún si aquel amor había tomado toda nuestra fuerza, toda nuestra vida, pues en cada amor que vivimos pensamos que ese es el “justo”, el que durará “eternamente”. Y es doloroso aceptar que se pueda acabar, que nos equivocamos. La mayoría de las veces no logramos comprender por qué se terminó, sin darnos cuenta que ese final no fue repentino, sino que de seguro estuvo anunciado por tantos pequeños detalles, gestos, situaciones; o es posible que aún notando esto, se continuara a vivir en la ilusión de que a pesar de todo ese amor no se habría acabado nunca. En la mayor parte de los casos nos desesperamos, no nos rendimos, se intenta hasta lo imposible para recuperar aquel amor. Sobre todo se sigue amando a la persona perdida, a veces más que antes. En ocasiones se tiene la tímida esperanza de recuperar el amor perdido, sobre todo si la otra parte, sin darse cuenta, manifiesta una mínima señal de afecto o de comprensión, que de inmediato se tiende a interpretar como la disponibilidad de amarnos de nuevo, sin ver el significado real (típicas las frases como “¿de pronto me amas un poquito todavía?” o “¿de pronto lo nuestro no se ha acabado todavía?”) Cuando termina un amor, sobre todo si nos dejaron, se realiza un verdadero análisis de las posibles causas de ese fin. La mayoría de las veces la persona que fue dejada tiende a darse la culpa, viendo equivocados sus comportamientos y por ende causantes del final de la relación. Esto es debido a que le permite pensar que cambiando el propio comportamiento la relación puede iniciar de nuevo, si el otro da alguna oportunidad. No queremos darnos cuenta que simplemente el otro ya no nos ama. Por más doloroso que pueda ser tomar consciencia de esta amarga realidad, representa el único modo de poder salir adelante. Se sufrirá en un modo tremendo, pero el tiempo nos ayudará a poder aceptar la palabra fin. Si no es así, esperando siempre una posibilidad, solamente prolongamos el sufrimiento entrando en un túnel que nos parecerá sin salida. Sin embargo, aunque pueda parecer muy lejano, después de haber llorado todas las lágrimas de este mundo, después de haber desfogado toda la desesperación de este mundo, llegará el momento en el que se toque el fondo. Y en ese momento, casi sin darnos cuenta, se iniciará una lenta pero inexorable recuperación. Se aceptará la realidad de las cosas. Se descubrirá que el más grande amor es aquel que debe todavía llegar! En fin, no debemos olvidar que nuestra forma de vivir el final de un amor está ligada a nuestros primeros “abandonos”, aquellos infantiles. No recuerdo quién afirmaba que “el niño es el padre del hombre”. En este caso tiene mucha razón. En efecto, según como hayamos sido “abandonados” y hayamos vivido tal “abandono” de niños, así reviviremos los abandonos actuales y futuros. Pero no olvidemos nunca que cada “abandono” representa también una oportunidad de crecimiento. Dr. Roberto Cavaliere Presentado por: Isabel Cristina Càrdenas Nino Psicòloga Universidad Santo Tomàs de Aquino (Bogotà, Colombia) Especialista Psicologìa Clìnica y del Desarrollo, Seconda Università degli Studi di Napoli (Nàpoles, Italia) Curso en Tècnicas de Meditaciòn y Tratamientos Psicocorporales, Università Popolare (Nàpoles, Italia) Ex-decana Facultad de Psicologìa Universidad Antonio Narino (Cartagena, Colombia) Ex-docente de Psicologìa Clìnica Humanista y Coordinadora de Pràcticas profesionales Universidad de San Buenaventura (Cartagena, Colombia) Coordinadora de las traducciones de Italiano de la Organizaciòn Mèdicos Descalzos (Espana) Para leer el curriculum completo del Dr. Roberto Cavaliere, visita la secciòn correspondiente. Contactos: tel. 320-8573502 email: cavalierer@iltuopsicologo.it
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